Tenía Ramón una gata entre sus preferidas, fina de cara y de miembros, elástica y tranquila como él mismo, y de un color de pelaje verdinegro con reflejos amarillos y marrones que imposibilitaban distinguirla entre la hojarasca y los juegos del sol, y unos ojos que eran pura miel iridiscente. Extraordinaria paridora, acaparaba con su temperamento a todos los machos que en su época de celo incursionaban entre los huertos, y había poblado en pocos años el territorio de hijos, nietos, biznietos y tataranietos de todas las combinaciones de colores imaginables en felinos muradores. Llevaba, —su silueta habitual—, la inflada barriga como algo natural, por la fuerza de la costumbre, y daba de mamar a sus extensas camadas plácidamente, en cualquier rincón, como la excelente madre que era.
En aquellos tiempos los gatos eran imprescindibles para el control de plagas, y en los alrededores del Pósito de granos disponían, por así decirlo, de carta real de tránsito: tenían más facilidades para desplazarse que los gitanos o los esclavos, a quienes se les cerraban muchas puertas, y en general estaban mejor alimentados que el inmenso lumpen de la sociedad. Era frecuente verlos a la sombra en las horas frescas de los días calurosos en la Plaza echados en grupos mirando indiferentes a la chiquillería obligada y educada en el estricto respeto hacia ellos mientras sus cachorrillos en cuadrillas saltaban dando volteretas y se revolcaban jugando incansablemente.
Y hasta los perros callejeros parecían reconocer la vital labor que realizaban, y agachaban sus cabezas al pasar frente a ellos moviendo con parsimonia las colas como intentando mostrarles con tal saludo el reconocimiento a su utilidad.
Cuando las tardes languidecían un mundo sutil, silencioso y repugnante comenzaba a cobrar vida y animación en los recovecos y rincones de los edificios y huertos caseros al abrigo de las tinieblas incipientes y no bastaban a los castillejeros todas las velas y candiles del mundo para descubrir a sus fantasmales componentes, siquiera para tener una ligera idea de sus costumbres ni del alcance de sus protervos ataques: emergían de cada orificio, de cada grieta, de cada hendidura regimientos de cucarachas hambrientas palpando el aire con sus largas antenas, compañías de ratones de ojos penetrantes y acerados incisivos, escuadrones de ágiles salamanquesas cuyas deposiciones infectaban las despensas, batallones de enormes ratas grasientas y agresivas que mordían los labios de los durmientes, legiones de saltarines grillos nocturnos de canto agudo e insistente que se clavaba en los oídos hasta límites de locura, divisiones de escarabajos de incansables mandíbulas que a la luz de la luna devastaban frutales y plantas de jardines, murciélagos y culebras siempre causantes de sustos y sobresaltos... Añádasele a todo ese ejército inmundo la nefasta acción de los perversos animaluchos diurnos, e incluyamos gorriones y toda suerte de pajarillos, o las temibles langostas y sus indeseables parientes los saltamontes y cigarrones. La naturaleza cual implacable Jefe de Estado Mayor desplegaba con fría inteligencia su arrasadora estrategia de supervivencia y control de los recursos, pero siglos y siglos de enfrentamientos con ella habían hecho al hombre desarrollar y adaptar para su defensa armas precisas y mortíferas, como las que acabamos de describir mirando indiferentes al mundo estrecho de la Plaza de Santiago, meditando a la sombra del Pósito.
El ritmo de preñeces y partos de la gatita de Ramon al final desembocó en tragedia ocasionándole un agotamiento tan extremo que no pudo llevar a buen término la última gestación; expulsó dos gatitos negros como la oscuridad, pero, sin fuerzas para alimentarlos, se abandonó en el interior de un canasto donde Ramón guardaba la ropa sucia que recogía su cuñada para el lavado. Aquella noche fue calurosa en exceso. Al día siguiente la minina apareció agobiada de estertores, con la cabeza caída y un enjambre de moscas verdes entre sus patas traseras; había dejado por doquier charquitos de sangre de donde igualmente libaban multitud de ávidos dípteros; se asfixiaba tanto que Ramón, apiadándose de ella, decidió acabar con sus sufrimientos; echó mano a un azadón, la cogió con un suave pellizco por el cogote y llevósela a un rincón oculto del corral, donde la dejó tiernamente sobre la tierra; cavó un agujero al pie del muro. Volvió a la atarazana y tomó un grueso bloque de piedra que le servía para fijar la puerta, y que había llegado a sus manos después de servir de contrapeso en un trillo de era. La piedra tenía inscripciones en latín, fue encontrada en el pago de La Gitana por uno que araba, y decían los entendidos que era del tiempo de los romanos.Fuera como fuera, su idoneidad para el propósito de nuestro hombre estaba fuera de toda duda. La llevó vacilante hasta la gata, que parecía dormida, y cerrando los ojos se la dejó caer desde media altura en la cabeza. Cuando vio el resultado consideró que necesitaba otro golpe, aunque el felino estaba inmóvil, como en un beatífico sueño. Volvió a descargar el pedrusco de la misma manera y observó que el golpe le produjo el desorbitamiento de un ojo y una hemorragia en un oído. Ahora estaba seguro de haberla matado. Regresó por los cuerpos desvanecidos de los gatitos y los introdujo en el agujero que había abierto, tapándolos con el cuerpo todavía caliente de la madre primero y con la húmeda tierra extraída después.
La última imagen que guardó Ramón fue la del ojo de su gata: parecía azulado, lleno de asombro y con una chispa de satisfacción, como si el Más Allá fuera un espectáculo sorprendente y placentero.
1 comentario:
Joder, entre esto que escribes y la música que estoy escuchando has conseguido hacerme llorar, qué magistral escena descriptiva, y pobre gata,y qué asco de mundo nocturno, y qué suerte tengo de vivir en esta época , porque yo odio los bichos y antiguamente no había medio de luchar contra ellos , más que con lo que había, y...
no sé,
no puedo decir más nada.
Snif snif.
Mu bien , mu bien, me ha gustado , a pesar del mal rato.
Abrazos.
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