La luna de la noche del jueves 11 de agosto de 1746 se encontraba menguada en algo más de su mitad. Juan y Ramon abandonaron la tasca con ella y con los parpadeos débiles de las primeras estrellas y emprendieron el camino al pueblo, cabizbajos y vacilantes, sumidos cada cual en lo profundo de sus pensamientos.
Ladraban perros lejanos.
Cuando Juan, tras despedirse del anciano penetró en su casa lo primero que hizo, antes de apagarse la enorme sed que sentía, fue mirar por la puerta entreabierta el interior de la alcoba de su hermano; el clérigo dormía como un chiquillo, roncando suavemente y con su blanco brazo derecho desnudo fuera del lecho, colgando desmadejado hasta las baldosas del suelo. Sabía que se masturbaba todas las noches, incluso un par de veces seguidas. Allá él. Lo comprendía. De todas formas lo comprendía. Le pareció a Juan que los espíritus vigilantes de sus padres hacían guardia en las esquinas de la cama, con las alas desplegadas sobre ella filtrando con sus plumas solamente sueños benignos e impidiendo que los sentimientos de culpa atormentasen el descanso del religioso. Salió al patinillo, bebió agua y respiró profundamente el aire fresco de la noche. Luego se acostó.
De madrugada el librito clavado en su cuerpo lo devolvió a la realidad, pero no tardó en, tras echarlo al suelo, volver a dormirse.
Ramon, por su parte, también entró en sus dominios angustiado por el nudo invisible de la sed. Extrajo del pozo una cubeta del líquido, tirando con cuidado de la maroma para evitar que la carrucha de madera chirriara en el silencio nocturno, acordándose, como siempre le ocurría mientras elevaba el goteante recipiente, de sus trabajos con las jarcias en los barcos transoceánicos bajo las voces como trallazos de los cómitres. Con ello apreció mejor el silencio y la paz de aquella noche. Sus brazos eran los mismos y se sentía bien, fuerte, optimista y capaz. Tras saciarse, tanteando entre los olivos del corral se dirigió hacia el muro sur y recogió la piedra inscrita, aquel instrumento de verdugo en que ahora estaba transformada, cargando con ella hacia el dormitorio. La colocó, como una alegoría de lo acaecido, en lo alto de la choca del árbol más cercano a la atarazana, encajada en una gran oquedad que atravesaba el tronco de arriba a abajo.
Encendió una lamparita de aceite para acabar de ordenar sus cosas y se dispuso a dormir. Contemplaba la piedra clara desde la cama, pálida entre las ramas del viejo olivo. El hermano de Juan la había traducido al castellano años atrás, aunque ya no recordaba sus palabras. Si hubiese sabido escribir y tenido la curiosidad de tomar nota de lo descifrado por el clérigo que ahora dormía beatíficamente tras la consumación material de sus fantasías lascivas, sabría que señalaba el enterramiento de Lucius Annius Aquila, muerto con 22 años y que su esclavo liberto Caio Saturnino le dedicó el epitafio como recordatorio porque se lo merecía: B(ene) M(erenti)... con el deseo de que la tierra le fuera leve: S(it) T(ibi) T(erra) L(evis).
A ojos expertos era pieza de una factura de gran calidad, con hermosas letras de perfecto dibujo que pregonaban a voces la solvencia del taller epigráfico donde fueron talladas. Como veremos, si la historia nos sigue alumbrando con su vívida antorcha de verdades luminosas, las personas —esclavo y amo— de la pétrea referencia desempeñaron sus existencias en la raíz del pueblo de Castilleja, el asentamiento indígena de Osset ya cuando el César le hubo concedido la categoría de municipio romano.
Cuando en 1810 los soldados franceses del ávido expoliador de obras de arte mariscal Nicolas Juan de Dios Soult llegaron desde la ciudad de Sevilla al convento de Nuestra Señora de la O con la misión de inventariar sus tesoros, y efectuaron un reconocimiento por los alrededores en busca de imaginados guerrilleros, hubieron de detenerse movidos por la admiración al ver la piedra sepulcral que las circunvoluciones de madera del olivo habían abrazado apretando con lentitud cálida y vital, como si quisiera éste con sus toscos brazos de gran padre preservar el testigo de una vida pretérita que se desarrolló a sus rugosos pies. Y aunque la soldadesca intentó, apalancando con sus mosquetones, arrancar el bloque, no lo permitió el árbol, que apretando con todas sus fuerza obligó a desistir y a retirarse derrotados con el rabo entre las piernas a los ignorantes gabachos.
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1 comentario:
Uff
menos mal...
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