lunes, 14 de julio de 2008

Territorio y fronteras (XIII)

Seguidamente llego la hora de las querellas y denuncias. Se empezaron a incoar los expedientes y autos. El Padre Guardián tenía testigos a punta de pala que declarasen a su favor; sin embargo el vicario se vio abandonado en cierto modo, quedándose sólo con cuatro, de los que se sospechaba parcialidad, ya que compartían con él intereses.
Que detrás de todo lo acaecido había gente importante moviendo los hilos parecía cada vez más evidente. Pensemos que Su Majestad el Rey Felipe V residía en Sevilla en estos años, denominados el Lustro Real Hispalense; Felipe V era incondicional del Arzobispo don Luis de Salcedo y Azcona, vizcaíno de la localidad de Zalla, prelado bibliófilo y amante de las bellas artes, cuyos agentes confiandos en el apoyo ahora tan inmediato del Rey se movían con mucha más soltura y audacia.
De esta forma... ¿había algún trasfondo sucio en las relaciones entre Su Majestad y el Conde Duque, que llevó al Borbón a utilizar al purpurado de Sevilla para dañarlo, en favor de sus intereses cortesanos? ... ¿fué el pobre vicario de Camas don Bartolomé acusado falsamente de pedofilia según un plan ideado por los enemigos que en el palacio arzobispal sevillano tenía el Abad de Olivares? ... ¿Eligieron éstos para sustituir a aquél al franciscano fray Sebastián por ser un peón dócil y manejable? ... ¿O no era tan dócil y manejable, sino un ser sin escrúpulos, ambicioso y egoísta, que se movía exclusivamente por dinero y prebendas? ...

Durante las pertinentes indagaciones de la Justicia sevillana salió a relucir otra versión de los hechos, muy dispar con la que hemos relatado; resultaba según ella algo de lo ya conocido: que Sebastián de Castro, el gordo religioso, se había criado en la ermita, en la que su padre y su abuelo habían sido cuidadores y era considerado por todos como hijo del pueblo, —lo cual solo hacía empeorar su situación porque su traición, a ojos castillejenses, se magnificaba—; no había sido elegido por su Padre Guardián, sino que era él quien le había solicitado el curato de Camas, implorándole bajo el subterfugio de que lo necesitaba para mantener a sus padres y a su hermana con los derechos que cobrara, —como así ocurrió durante tres años, habiendo vivido todo ese tiempo en Camas sin aparecer por el convento—; y que tenía la ambición de disfrutar por añadidura de los derechos de la ermita, por lo que obligó al santero a empadronarse en Camas, se ganó para su causa con mentiras enteras y medias verdades al Prior de Ermitas de la Catedral de Sevilla, y denunció que el culto a la Virgen de Guía era prácticamente inexistente, haciendo responsable de esta manera al pueblo de Castilleja por su pérdida; y que por fin llevó a cabo el expolio, excediéndose en todos los términos imaginables. En la noche del nueve de julio, habiendo recogido gentes por el camino, llegó a la ermita, y ante la reticencia del santero a darle las llaves de los cajones donde se guardaban los ornamentos, los descerrajó, sacando de ellos siete vestidos de la Virgen, cálices, cucharillas y patenas y misales; descolgaron la lámpara de plata dejando la estancia a oscuras y arrancaron la media luna de los pies de la imagen, además de otras joyas, ante los ruegos y llantos del santero y su mujer, que arreciaron en especial cuando los intrusos intentaron sacarle al niño Jesús sus zapatitos de plata; con las premuras debido al nerviosismo por no ser sorprendidos en plena barrabasada despedazaron la cabeza del Cristo y parte de la vestidura de la Virgen. Se llevaron, por llevarse, hasta la lengüeta de la campana.
Cuando, una vez conocidos los hechos en Castilleja llegó Don Miguel a la ermita, coincidió que también volvía fray Sebastián desde Camas, con tres caballos para llevarse las imágenes; entre gritos, empujones, insultos y altercados intentó el fraile prender al vicario, como había hecho antes con el santero, encerrado a la sazón en una venta del pueblo vecino, pero ante la llegada de un tropel de castillejanos con sus justicias a la cabeza, se retiró. El vicario Don Miguel recogió las imágenes y se las llevó a su parroquia, casi como en un cortejo festivo entre los vivas y víctores de la muchedumbre.

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Los olvidados, 12q.

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