Es ampliamente conocido que el mariscal Soult, "Mano de Hierro", requisó a las autoridades eclesiásticas el Palacio Arzobispal sevillano, destinándolo a ser su residencia y Cuartel General de mando. En sus patios sombreados por las hojas verdes de copudos limoneros y refrescado por los chispeantes surtidores de románticas fuentes aquel individuo de considerable talla, con su cabeza total y prematuramente calva y su bruñido por el sol y el aire ibéricos que asemejaba una mascara de maquillaje en la que ojos y boca resaltaban extraños, como pertenecientes a otra persona, planeaba paseando con sus lugartenientes actuaciones en la región y rapiñas en los edificios monumentales. Cuando le tocó el turno al Hospital de la Caridad que en el siglo XVII levantara Miguel de Mañara junto a las Atarazanas se desplazó a él en lujoso carruaje custodiado por cincuenta caballeros dragones de refulgentes corazas y airosos cascos empenachados, sabiendo ya por sus edecanes y técnicos que el edificio albergaba valiosas pinturas, en especial algunas de Murillo, el pintor sevillano por quien sentía honda predilección. Rodearon la Catedral; enfilaron hacia el Postigo del Aceite saliendo entre el barrio de la Carretería y la fábrica de galeones, y detuvieron la comitiva en las puertas del instituto de beneficencia. Allí él y sus acompañantes, revisando sala por sala, galería por galería y patio por patio y escogiendo lo que más les gustaba de entre la cantidad de pinturas del mencionado Murillo, de Juan de Valdés, estatuas de Pedro Roldán y otros variados objetos artísticos agotaron la mañana. En una habitación abuhardillada, pequeña, oscura y polvorienta, un oficial descubrió los libros de registro de enfermos y de sus defunciones, a los que echó una rápida ojeada. Luego comentó en presencia del mariscal que abundaban en ellos nombres de franceses, con alguna filiación y un extractado historial médico, lo cual llamó la atención de Soult por partida doble: por tratarse de antiguos compatriotas emigrados y porque su propio padre había sido escribano, lo que le hacía sentir una especialísima atracción por cuantos manuscritos se le cruzaban en su victoriosas marchas —fue vencedor en Austerlitz— a través de toda Europa. De manera que pidió los libros y estuvo mirándolos con detenimiento durante casi una hora, en el mismo establecimiento asistencial. Mientras pasaba las amarillentas hojas recordaba su niñez, a su padre aclarándose la garganta como si en lugar de escribir fuese a pronunciar un discurso, inclinado sobre el bufete de su oficina en la localidad de Saint-Armans-la-Bastide, la blanca pluma de ganso agitándose sobre los folios. Escribía su progenitor mejor, más elegantemente que todo lo que había visto escrito en su vida, y por supuesto, mejor que las líneas garabateadas por un loco que estaba viendo. La caligrafía de su padre era perfecta.
Pero, al margen de apreciaciones subjetivas y estéticas, la información que nuestro militar iba obteniendo de las listas de fallecidos en el hospital era interesante, y no solamente por ella en sí; su cabeza de estratega funcionaba con rapidez frente a los borrosos nombres. Lo que en principio fue un puro sentimiento de ternura al imaginar a aquellos desgraciados agonizando semitorturados por montruosos frailes formados en la implacable e inhumana ideología de la odiosa Inquisición española, pronto tomó forma como una excelente oportunidad que a su ego insaciable se le brindaba: la de aparecer ante sus tropas, ante sus conciudadanos y ante el mundo como un vengador de las felonías cometidas sobre sus paisanos más desfavorecidos en un país abiertamente opuesto a los valores napoleónicos y a los de la Revolución. Eso es. Los vengaría. Vengaría a todos aquellos que fueron abandonados por la fortuna, que fueron hundidos en la miseria, que padecieron crueldades y desprecios y daría un ejemplo a los suyos de magnanimidad y justicia. Escalaría un peldaño más en el pedestal de la gloria eterna.
Ordenó trasladar los registros al Palacio.
Napoleón había adivinado las ventajas de una fuerte burocracia en lo concerniente a dirigir un complejo imperio. Cada soldado de su ejército iba, allá donde las campañas se extendieran, acompañado como de su sombra de un expediente con sus datos personales, circunstancias, ascensos y méritos, etc., y los de aquéllos que ahora ocupaban Sevilla estaban en manos de los secretarios y ordenanzas del mariscal, accesibles con facilidad. Por lo tanto fue pan comido cotejarlos con los libros del Hospital, y en una jornada de metódico trabajo se pudieron averiguar las relaciones de parentescos o vecindad entre los que entregaron sus almas en aquel sanatorio y los soldados que se ocupaban del control de ciudad y provincia en numerosos destacamentos diseminados por toda su variada geografía.
Y ante los ojos de los escribanos saltó, entre otros muchos, el apellido Amano: Juan de Amano, de nación francés, natural de la villa de San Didier de Velay, enfermo de tabardillo , de ejercicio calderero y vecino de Castilleja de la Cuesta, fallecido en día Domingo 2 de enero de 1763, a quien se le administraron los Santos Sacramentos de la Eucaristía y Extremaunción. Apellido coincidente con el de un joven soldado, —Pierre de Amano—, que actuaba en patrullas callejeras por el sector del barrio de la Macarena, reunía todas las condiciones para formar parte del plan del maquiavélico mariscal; redondeadas las comparaciones se comprobó que Juan y Pierre eran vecinos de la misma localidad gala de San Didier en la Auvernia: parientes entre ellos, sin duda alguna.
A todos los ocupantes les repugnaba, como si de una violación se tratase, la burda castellanización a la que habían sometido los españoles del Antiguo Régimen sus musicales apellidos de entrañable ortografía, aunque las salvajes transcripciones no obstaculizaron el que la mayoría de las investigaciones se ultimaran con éxito. Soult encomendó la logística de la operación a un hábil propagandista de su gabinete, y a los pocos días el soldado Pierre de Amano, debidamente instruído sobre la peripecia andaluza de quien resultó ser su muy querido abuelo paterno, era destinado al destacamento que maniobraba desde la Ermita de Nuestra Señora de Guía dominando los accesos de entrada y salida del Alfarafe oriental.
La historia se repetía. Como morabito fortificado que fue, de su aventajada posición también se sirvieron los árabes, muchos años antes, para defender el fértil terreno de la elevación orográfica.
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