Mientras Juan de Vallecillos espera ocioso que su traductor ultime la tarea y encuentre un hueco para atenderle, nosotros podríamos intentar, haciendo así abortar a la fecunda madre de todos los vicios, realizar un repaso de la calderería castillejera desde los documentos que han sobrevivido a las penosas condiciones de la Cárcel Pública convertida en archivo.
Uno de estos documentos, acaso el más antiguo, ofrece varios nombres que nos facilitarán la empresa de esbozar a las personas que los poseyeron, en tanto en cuanto nos los volvamos a encontrar entre los montones de maltratados papeles presos o en otras diversas fuentes de información, tanto autóctonas como foráneas. Son los cuatro residentes en Castilleja Juan Chamos y Juan Verdás (que de los otros dos solo quedan en el folio unas hilachas de roeduras) quienes andaban por la villa de 1680, en su mes de marzo y su día ocho, obligándose con todas las de la ley ante escribano a pagar a unos Beria, De la Cruz, Campel, éstos al parecer residentes del hispalense barrio de la Calderería o quizá martineires fundidores del mineral del cobre en la vecina Huelva 4.900 reales de vellón, por la adquisición de herramientas y mulos de cabalgadura.
La cantidad es importante, y explica que se les estuviera permitido portar en sus viajes espadas, pistolas, dagas y mosquetones... que en ocasiones no les libraban de ser muertos en los descampados por los bandoleros.
Los excedentes demográficos franceses propiciaron que a lo largo de toda la Edad Media el flujo migratorio hacia la Península fuese continuo a través de los Pirineos, flujo aprovechado por los reyes aragoneses, navarros, castellanos y leoneses para nutrir sus ejércitos y luego para repoblar lo ya conquistado a los musulmanes. La guerra y la peste del siglo XIV interrumpieron el proceso, pero ya durante los siguientes siglos modernos con la llegada de las riquezas americanas a España batallones de franceses hambrientos se desperdigaron por el país, recalando muchos de ellos en Andalucía, a la sazón centro de la economía imperial. Los libros sacramentales de Castilleja empiezan a registrar, por entonces, los primeros vagabundos de nación francés, "gabachos" miserables que eran también los primeros en fallecer de inanición por las frecuentes hambrunas y de enfermedad por las epidemias.
Con la entrada de la monarquía hispana en la guerra con Francia, se promulgaron duros decretos (año 1667) que les restringían la comercialización de algunos productos, o la apertura de tiendas, lo que tuvo como consecuencia un freno a la inmigración.
Lo peor llegaría a principios del siglo XVIII con la guerra de Sucesión, cuando algunos migueletes borrachos, de fuera del pueblo, arrasaron la casa de un francés castillejano propinándole una brutal paliza, aunque estaban más excitados por la excepcional belleza de su provocativa mujer, proclive al adulterio, que por el cambio dinástico. Por fin, la xenofobia que produjo en la nación el estallido de la Revolución francesa terminó definitivamente con la presencia de inmigrantes franceses en la región. Entre los muchos que los anatematizaron estaban, —¡cómo no!—, los vicarios curas de ambas parroquias, la de Santiago y la de la Inmaculada.
De entre todos los oficios que los inmigrantes franceses desempeñaron resalta la calderería. Eran casi siempre grupos de solteros que viajaban juntos para proteger su identidad cultural, y los pocos casados habían dejado a sus mujeres en la Auvernia.
Entre ellos había varias categorías: los martineires que obtenían chapas del mineral, los batidores que a partir de las planchas fabricaban los calderos, y los estañadores que de pueblo en pueblo reparaban los viejos.
Los martinetes hidráulicos donde se elaboraban las planchas se construían al lado de las minas de cobre. En ellos se aprovisionaban los batidores de Castilleja y los de las demás localidades de la plana materia prima con la que componían su cacharrería.
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