Proponemos ahora a quienes estas líneas leen un ángulo distinto desde el que observar la Castilleja del Siglo de las Luces. Vayamos, por así decirlo, andando nuevos caminos, dando la vuelta por otras calles, recorriendo al revés lo ya transitado, mirando en otras ventanas a la presente cerradas, con recientes oídos preguntando a otras gentes mudas hasta ahora. Si es necesario invadiremos propiedades privadas que desde aquí hacia atrás hemos respetado en nuestro afán investigador.
Veremos como, sin esfuerzo alguno por nuestra parte, aparecen volutas que enlazan lo ya conocido con lo que se va a conocer, vínculos insospechados pero con la fuerza de la pura lógica, relaciones imaginables y asociaciones previsibles, piezas hechas para ajustar en huecos que habíamos supuesto irrellenables. Sin rozar ni con las ideas el objeto de nuestro estudio, a la postre se nos ofrecerá pleno, vestido y coronado, resplandeciente y glorioso en su completitud, y nos hablará como se habla a un hermano querido. Y con gozo lo entenderemos, como hace gozar la realización de un antiguo deseo.
De la primera pieza tenemos ya un esbozo. Juan de Vallecillos. Volvemos a Las Escaleras en agosto de 1746. Allí, recordaremos, colaboraba con los hermanos Caro.
Juan vivía con su hermano Jose Isidoro, clérigo de menores que parecía predestinado ya en la pila bautismal a emular al sabio y santo de Sevilla, aquel celebérrimo San Isidoro, aunque más por su sabiduría que por su santidad. Con una persistente fiebre de aprender, había contagiado a su hermano una su desmedida pasión libresca tal que los tenía a ambos al borde de la ruina. Solterón como él, pero obligado a hacer de cosario con una carreta o de ayudante en las faenas de la siega, según hemos podido verlo en Las Escaleras con el episodio de Juan Pacheco de Castro y del buey bravo, Juan de Vallecillos debía sacrificar para ganarse el condumio muchas horas que de buena gana hubiera empleado en devanarse los sesos frente a los libros; al contrario que su docto hermano, hábil acaparador de prebendas y sueldos, y con ellos, de horas libres. Lo que más tenían en común era, sin duda, cierto recelo y aprehensión hacia todo lo que oliera a femenino, mujeres en sí incluídas en primer lugar. Luego estaba la ya referenciada bibliomanía. El clérigo, que simpatizaba con las nuevas corrientes europeas, vivía, convivía como si de un viejo conocido se tratase, con el riesgo de recibir una intempestiva visita de la Inquisición; a veces se despertaba de madrugada, sobresaltado, creyendo haber oído voces policiales, o fuertes golpes en la puerta, y se volvía a dormir pensando en cuán poco le servían los estudios ante los poderes de Morfeo y su tenebroso submundo.
Tenía sus contactos en el muelle de la Sal del puerto de Sevilla, viejos marineros de Triana que maniobraban barriles en cuya panza, rodeado de granos o polvos como el hueso en una fruta está rodeado de pulpa, un paquete de recio papel impermeable conteniendo una docena de obras anticlericales, antimonárquicas, antiesclavistas, esperaba la mano nerviosa que en cualquier discreto rincón bajo el Puente de Barcas lo desataba, repartiendo su contenido entre los habituales clientes a cambio de un puñado de reales de vellón.
De tal forma que no era extraño que el clérigo de menores cargase, bien escondido bajo su hábito, con algún librito de contrabando, casi siempre en francés, cuando bajaba a la capital, y lo almacenase en los anaqueles secretos en su bien nutrida biblioteca. Su hermano Juan participaba de mil amores de este tráfico prohibido; era el encargado de hacer que un francés de la calderería castillejana, instruido muchacho de su absoluta confianza, se lo tradujese, a cambio de unos maravedíes o de un buen manojo de acelgas de la huerta de Agustín Caro.
4 comentarios:
Hablando de andar otros caminos , esta mañana esta humilde mujer pasó por la estatua de la virgen de la Inmaculada Concepción , a eso de las 10 de la mañana , por ver si el señor Antonio se acordaba de que íbamos a tomar un café sin más pretensión que vernos los caretos que presiden nuestras respectivas obras literarias, y resultó que por allí no apareció ningún barbado cronista , bohemio o similar, por lo que a las 10 y 6 minutos exactamente esta mujercilla de aspecto desorientado tomó la carretera de nuevo en dirección a gines , pensando que como nada habíamos concretado, nada se había malentendido.
Pero hoy era mi último día de trabajo por aquellos lares.
Debo decir que tampoco esperé demasiado por eso mismo, y que bajé del coche sólo lo justo porque dos señoras que charloteaban en un banco y un señor viejo con bastón me miraban con la curiosidad propia de esas horas de la mañana .
Yo, aunque parezco valiente,
me averguenzo enseguida.
Con todo, te sigo leyendo con fruición.
Cada vez me gustan más estos capítulos.
A ver si ahondas en los detalles de por qué estos dos ilustres personajes tenían tanta reserva hacia lo mujeril.
Un abrazo.
¡¡Aaaaaaaaaaaaaahg...!!
¡Ví tu comentario donde me hablabas de la citaaa...!
¡Como estaba en una entrada mía algo antigua, lo hice demasiado tarde...! :(
¡Me dije: tengo que preguntarle dónde puedo ver su correo electrónico! (No lo encuentro en tu perfil).
Ni por asomo podía suponer que te ibas a detener en la rotonda sin antes haber obtenido mi contestación, por lo que a esa hora estaba yo en casita, tranquilo, a treinta metros de tí.
Nunca me perdono las deudas contraídas ni hacer esperar a alguien. Te devolveré esos seis minutos a un día por cada uno. Y el domingo restante, a la playa... ¿eh? Así tendrás tiempo de ver del pie que cojeo...
Mi próximo post en La Perrera estará dedicado a tu perrita fallecida.
Un beso muy fuerte, querida Reyes.
Buena y entretenida literatura, don Antonio. Celebro tenerle cerca gracias a la red de redes de los cojones. Un abrazo y gracias por estar ahí, enredado.
jjajaja
no te angusties, como te dije , nada confirmamos , es cierto...
no te preocupes , no me debes esos 6 minutos ni ná de ná, para mí el tiempo es un espejismo y me encanta tirarlo a sabiendas.
Y no te precupes, la mayoría de mis amigos y amigas son cojos.
jejejej.
un beso.
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