—De Las Escaleras vengo.
—¿Y tu hermano? —preguntó Vallecillos guardándose Las Cartas Persas de Montesquieu bajo la camisa.
—Allí anda. Está mirando por aquéllo mientras sueltan a los dos pájaros —. Con "hermano" aludían a Diego, el anciano pacificador que acompañó a Pacheco de Castro en la requisa de la carreta, y los "pájaros" eran los dueños de ella ahora encarcelados, Sebastián y Agustín Caro.
—He ido por ver si me traía una poca de fruta. Está la cosa muy mala.
No había ido en balde hasta allá arriba porque en un canastito de mimbre le mostró una treintena de brevas cubiertas con grandes hojas verdes de las propias higueras.
Espantó una mosca golosa con su ruda mano abierta.
—Para eso está la familia, Ramón, para ayudarnos; y los amigos que te apreciamos...
Hubo una pausa embarazosa, unos segundos en los que cada cual sintióse en tensión.
—¿Y tú, adonde marchas?
—Vengo de lo de los caldereros... ¡vaya, hombre!
—¿Qué...? —preguntó Ramon con cara de sorpresa.
—La olla, que me la he dejado olvidada. Una olla que necesitaba un estañado.
—Pues... es cuestión de volver por ella... ¿no?
—No. ¡Ahh! Mejor ya mañana.
—Como tú veas.
Comenzaron a andar juntos. Beatriz de Tovar, que se encontraba en su puerta, al reconocer a Juan se metió dentro. Desde el día de Navidad que, con los otros boyeros, le partió con la carreta el poyo de piedra formándose luego el consiguiente fenomenal escándalo sentía al verlo una oleada violenta que parecía explotarle en la cabeza. Tampoco Ramon, con su gran barba canosa y desgreñada resultaba para ella alguien agradable.
Pasaron los dos compadres bajo el arco, sombra curva resbalando en sus espaldas, y Juan propuso a su adlátere una ronda de mosto en la chabola de la ermita. Sin dudar aceptó el anciano pensando en los espacios abiertos, en los horizontes sin límites del oriente castillejense, y hacia allí se dirigieron calle del Convento abajo, tras dejar éste la cesta de brevas y tomar un cayado al otro lado del portillo de su casa, contigua a la cárcel por cuyo ventanuco se habían asomado al pasar: en el interior reinaba la oscuridad y pensaron que los hermanos dormían la siesta en algún rincón.
Era Ramon de la Palma lo que entonces se conocía y en todos los tiempos se ha conocido por un bohemio. De niñez rebelde, adolescencia agitada, madurez violenta, nadie se explicaba como un cuerpo humano podía haber resistido tantos avatares, tantas presiones y golpes, tantos reveses. Conocía desde las Filipinas hasta el Canadá, y bajo su sencillo trato y francos ademanes se adivinaba la enorme sabiduría de un hombre que había vivido con intensidad. Juan de Vallecillos admitía en su fuero interno que trataba con un ser superior, y que su libresco universo teórico quedaba inutilizado e inservible al confrontarlo con las vivencias del solitario vagabundo. Lo cual acaso muy en el fondo influyera, con la forma de una envidia solapada apenas consciente, en sus relaciones con el anciano aventurero, pero lo cierto y verdad y lo que se echaba de ver es que deseaba su compañía y no dejaba escapar ninguna oportunidad para escucharlo y disfrutar de sus historias. Y Ramon por su parte se comportaba condescendiente con él, quizá también un poco atraído por la cultura impresa, mundo que se le cerró herméticamente cuando tuvo sus primeros choques con los maestros de primeras letras de la villa y fue enviado por su padre a cuidar cerdos en el campo día y noche.
Pasados los años las idas y vueltas de la vida le hicieron aceptar su propio analfabetismo formando ya parte inseparable de su personalidad, como se acepta un dolor crónico o un miembro atrofiado pero en los momentos de lúcidas reflexiones, —lúcidas en cuanto que él mismo las estimaba así, aislado en la burbuja de su solipsismo—, alguna añoranza, alguna admiración pálida por los ilustres personajes que destacaban en las esferas de las ciencias, de la política o la religión le hacían contemplarse, no sin algún asombro, ansioso todavía por sumergirse y bucear en los infinitos mares de la teoría académica. Y este reconocimiento de su propia ignorancia e incapacidad era la fuente del tenue y algo paternalista desprecio que sentía por los iletrados, los ignorantes, los de mentalidades ciegas, la gran masa de seres cuya única misión en la vida parecía ser trabajar, alimentarse, dormir y copular como animales, masa de seres egoístas con los cuales convivía codo con codo la veinticuatro horas del día como si dicho reconocimiento propio de su fracaso, porque al fin y al cabo era su fracaso, lo salvase a un nivel superior.
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3 comentarios:
.....
Qué puedo decir?
que te sigo leyendo.
Ya me he tragado todos los capítulos que tenía pendientes desde el jueves , y a cada paso me gusta más, no sé si por la curiosidad en sí de los personajes tan bien recreados como por la magia de sus pensamientos, ideas y frustraciones.
Enhorabuena :
claro que tambien influye la cercanía de los paisajes recreados.
Empiezo a estar un poco harta de que todo lo que se ve y se lee ocurra siempre (o haya ocurrido)demasiado lejos.
Me encanta ver que aquí han sucedido más cosas aparte del nacimiento y explotacíon de un folklore intenso y utilizado, ya sabes, el arte,la gracia y el salero.
Y que tú sepas escribirlo tan bien.
Besos.
Eres una antigua castillejana, sabia y matriarcal, que mira tartésica el lejano desfile de barcazas cargadas de bisutería.
Astarté en su sillón te acompañe. No lo sabía yo, pero has sido —te reconozco— mi musa y mi guía en penosos pasajes, donde como a niño el miedo blanco me empujaba hacia atrás.
Cuando me asomé a los primeros papeles de archivo, abrí un cofre lleno de colores que herían a la odiosa ignorancia, y de luces que derribaban sus tristes muros.
Y ahora, frente al espejo, me olvido del ahora.
.............
Los caldereros lloraron mucho..., ya lo verás.
Abrazos.
Estupenda tus narraciones aun no me pongo al día con tu blog,pero poco a poco.....
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