viernes, 18 de julio de 2008

Los caldereros franceses (III)

Se habían acomodado los galos, como acostumbraban a hacer allá donde iban, en un caserón abandonado, junto a otro no menos abandonado en el cual se despidió de este mundo el celebérrimo conquistador de México Hernán Cortés.
Cuando llegaron los primeros franceses a Castilleja solicitaron del Cabildo el arriendo de las venerables ruinas y gracias a la presentación de muchas recomendaciones y avales de sus compatriotas sevillanos a punto estuvieron de montar sus rítmicos coros de martillazos en la misma habitación donde el colonizador del gran país azteca proyectaba los temas a tratar en sus tertulias humanísticas; pero hubo personajes cultos y celosos de las tradiciones patrias que aunque ni por asomo se habían preocupado durante dos siglos de la casa en cuya puerta la Parca diera sus escalofriantes golpes para avisar al capitán extremeño de su ultimo periplo, se opusieron con rotundidad mostrenca a lo que veían como sacrílega ocupación foránea, y los Regidores, para conformar a todas las partes, optaron por cederles a menor precio la casa contigüa, una vieja bodega abandonada muchos años hacía por sus absentistas dueños.
Tras la principal estancia reconvertida en taller, que ya hemos descrito, y comunicando con ella por una puertecilla baja estaba la cuadra y sobre ella un pajar de techo bajísimo que se adecentó para dormitorio, al que se accedía por una empinada escalera de peldaños de tablas apoyada entre dos pesebres, y por cuyo hueco ascendiendo llegaban a los durmientes todas las variadas emanaciones de los tres o cuatro enormes mulos de oscuro pelaje que cargaban la producción a colocar por las poblaciones de la región. Más allá del edificio habitado se extendía un corral con un pocito de brocal blanqueado y quince o veinte pies de olivos, que descabezaba al Camino Nuevo separado de él como era habitual por una alta e infranqueable barrera de pencas chumberas reforzada con ramajos espinosos. Entre los olivos picoteaban como dos docenas de aves ponedoras medio desplumadas, que suplementaban con la generosidad de los inocentes la dieta de los extranjeros.

Igual que todos los cabildos, concejos y regimientos del país, el de Castilleja especulaba con los afamados caldereros, frotándose las manos como quien recibe por sorpresa de regalo la gallina de los huevos de oro. Abundaban los ejemplos de las ventajas que reportaban. Las bodegas y lagares disponían así de técnicos eficientísimos en la reparación de alambiques y calderas. Los dueños de almazaras de la misma forma mimaban a los expertos hojalateros que les suministraban y reparaban todo el utillaje de sus instalaciones. Se sabía que ciertas ciudades castellanas se habían puesto a la cabeza de sus comarcas con la fabricación de jabón, propiciada por el suministro de utensilios que permitía la llegada del típico grupo de caldereros franceses; y el común de los ciudadanos sustituía por no mucho dinero las quebradizas lozas y los delicados barros del menaje doméstico gracias a estas cuadrillas de artesanos. El jarrito de chapa para calentar brebajes se convirtió en una prolongación de la mano derecha de trajinantes, arrieros y pastores y de toda clase de viajeros, que gracias a él obtenían reconfortantes bebidas con la única condición de disponer de una diminuta fogata campera.
Por todo ello los caldereros franceses, con su innata industriosidad, se ganaron el aprecio de las autoridades ya desde el siglo XVI, cuando, procedentes de la Auvernia, llegaron a la península los primeros.

Aquella mañana calurosa un joven de fina melena rubia y con el blanco torso desnudo elaboraba en un yunque asas de marmitas; especializado en ello, su tarea consistía en cortar con tenaza y martillo trozos de grueso alambre y llevar en la forja al rojo blanco los extremos de las porciones para con golpes musicales y certeros aplanarlos; al lado su compañero se encargaba de agujerearlos para recibir los remaches que los fijarían a las ollas. Trabajaban sonriendo entre dientes porque otro de ellos, que con un medio destrozado mandil de cuero recortaba sentado en un rincón redondeles de chapa con una tijeras de cizalla, canturreaba en su idioma una cancioncilla licenciosa.
Juan saludó al llegar con un francés macarrónico que hizo continuar las sonrisas de los presentes, momentáneamente interrumpidas cuando el cantor enmudeció al apercibirse de la llegada del visitante.
El cual dejó la cacerola sobre el mostrador, silbó a los gilgueros en un fallido intento de estimularlos al trino y se sentó, dispuesto a esperar el tiempo que fuese necesario.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué quieres que te diga...
que eres un maestro.
Lo vivo tal como lo cuentas ,y las descripciones son fantásticas.
Un abrazo.

Antonio dijo...

Cuando escribo sobre Castilleja me parece que caigo sobre mí mismo, que tomo tierra después de estar vagando a merced de vientos imprevisibles.
Trato a mis personajes con respeto y cariño, como si luego, al salir a la calle, me fueran a agradecer la atención prestada o a pedir cuentas por los maltratos.
Es como si al escribir abriese una puerta que, conduciendo a mi intimidad, a la vez me llevara a una región sin límites.

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...