"... no hizo testamento por ser Pobre, y el dcho. su marido la mandó enterar ...". Aquí erró; podía haberlo corregido porque dióse cuenta al momento, pero recapacitando le pareció gracioso el lapsus, del que resultaba casi un episodio íntimo en la vida de la pareja, así que decidió dejarlo para confusión de generaciones futuras. Continuó: "...en la Iga. de Sr. S. ´tiago ... ". No tenía ningún interés en fijar la forma de escribir el nombre del apóstol, y siempre lo hacía de manera diferente, como si lo recrease cada vez enseñoreándose de él. En el fondo era un acto de desprecio a los incultos parroquianos, una mayoría supersticiosa e ignorante que temía el inexplicable fenómeno de las voces plasmadas en papel. El vicario por fin acabó escribiendo: "... y pa. q. conste lo firme fha. ut supra. Miguel Vazquez Forero". El latinismo que orientaba espacialmente a quien supiese descifrarlo le devolvió a su posición y estatus intelectual, como una llave que le abriera la puerta a un mundo selecto, a un nivel sublime reservado a espíritus superiores. Era el latín en su espíritu de hombre culto el detente para la vulgaridad, para la ordinariez y los bajos instintos.
Cuando terminó regó con arena secante el húmedo escrito, esperó que se produjera la absorción y cerró el libro una vez comprobado concienzudamente que la tinta estaba perfectamente seca. Se sentía bien. Le ocurría siempre después de escribir, como si hubiese aligerado el alma. Aunque en este caso quizá fuese el afán del coleccionista que añade otra pieza, que engrosa su almacén de datos, de información. Era consciente de que todo aquello le daba enorme poder sobre las personas; conocía gracias a su archivo antepasados, historias, vidas. Y los que tenían la desgracia de quedarse fuera del alcance de su cálamo por la razón que fuera, no existían; simplemente no eran.
Hemos dicho que después de registrar la defunción de Maria Ana de la Peña se sintió bien. La verdad es que no era así exactamente.Había algo en sus pensamientos que le desasosegaba, que pugnaba por brotar a la luz; cuando guardó el libro y recogió los objetos del escritorio hubiera preferido adormecerse en su sillón recordando, no al cadáver que lloraba el viudo, sino a la novia fresca, con sus rotundas formas bajo el suave vestido y sus ojos recatados tras las espesas pestañas negras, temblorosa y acalorada a pesar del frío reinante en aquel lejano día de diciembre.
Mientras el silencioso ambiente de la sacristía y las gratas rememoraciones de aquella mujer le acababan de hacer olvidar la borrachera de incienso y carne podrida a la que la ceremonia pasada le había sometido, lo que le inquietaba surgió por fin en su mente, presentándose claro y desagradable, casi tomando cuerpo como el castigo de un fantasma; el origen de su inquietud estribaba en la breve presencia de los cuatro franciscanos en el entierro un rato antes, cuya vista sola le quitaron entonces las ganas hasta de cantar. Sabía que en el Carnero todos los presentes estaban pendientes de su reacción al ver llegar a los encapuchados; la tensión creció entre los deudos y curiosos que allí se habían reunido, y se hizo tan patente que los de los hábitos pardos decidieron, mirándose discretamente unos a otros, organizarse en retirada, en previsión de algún suceso violento y desagradable en tan poco apropiado lugar.
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2 comentarios:
Maravilloso relato, lo describes tan bien que es "casi " como estar allí, mirando al cura pasar el dedo índice sobre el documento...
he leído cosas infumables publicadas como novelas históricas, ojalá hubieran tenido un tercio de la calidad de tus recreaciones!!
Saludos.
Una lectora que se aficionó.
Me daría por satisfecho con que, cuando vengas a esta villa, su aire y su color, sus sombras y reflejos, sus balcones y zanjuanes, sus viejos y sus perros, sus campos y sus calles te digan más de lo que dicen a la gente superficial que llega y que, como dijo Machado de España, desprecia cuanto ignora.
Desprecia u odia, añado.
Un beso, amiga.
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