Antes de entrar en materia convendría, por afinar más las claves de las relaciones entre el vicario y los franciscanos, retrotraernos a 1730.
Se recordará que este año vió el desgraciado suceso del tumulto y algarada debidos a la prisión de Francisco Vazquez, criado eclesiástico, con el célebre bastonazo del cura a su propio sacristán, que le costó un diente. Una vez situados empezaremos por testificar que el vicario desplegó una inusitada actividad en estos doce meses, en los que incluímos el ya también referenciado conflicto con el Cabildo de la Hermandad por la licencia para reunirse en la iglesia de Santiago.
Encontró el cura en este año tiempo suficiente además para prohibir a los "harapientos", "pedigüeños", "miserables" o "peludos", que con todos estos apelativos denominaba a los discípulos de Francisco de Asis en sus cotilleos con los hacendados del pueblo, con sus ayudantes o con sus amigos olivareños, nada más y nada menos que dijeran misa, de cualquier tipo que fuera ésta y en cualquier iglesia o capilla de Castilleja de la Cuesta. Después de casi un siglo ostentando el liderazgo religioso no sólo en el pueblo, sino en los alrededores, la orden que, emanada del Abad, les comunicó lleno de gozo el jovenzuelo metido a cura fue un mazazo para ellos. Cuando el Padre Guardián del convento de Nuestra Señora de la O recibió la noticia, se sintió enfermo y enormemente dolido y convocó una reunión extraordinaria de la comunidad; habían establecido lazos emocionales con todas las gentes, con todas las clases sociales, con las parturientas y comadronas, con los novios y los padrinos, con los presos y enfermos, con los que lloraban a sus muertos; confesaban recibiendo las íntimas revelaciones de muchas almas atormentadas, se inclinaban sobre los moribundos y sostenían en sus manos a los recien nacidos, y apoyados en los tres bastiones de la humanidad que eran la Vida, el Amor y la Muerte olvidaban sus propios nacimientos, frustraciones y querencias y se sentían formando parte importante de una gran familia que los apreciaba y respetaba.
De manera que sintieron la prohibición como un injusto destierro de todo aquel territorio que en las almas de los castillejanos habían ganado a base de paciencia y bondad; ahora aquel mocoso imberbe les infligía, amparado en el Abad y su protector el duque de Alba de Tormes don Francisco de Toledo y Silva, Conde Duque de Olivares por su matrimonio con doña Catalina de Haro Guzmán, un daño a todas luces inmerecido y de todos modos pesadumbroso.
Luego les impidió que recolectaran la limosna del aguinaldo; tal supresión de los regalos navideños que obtenían en abundancia entre los lugareños implicó la apertura de otro frente de batalla: el material y económico. Sobrellevaron la consabida derrota con resignación, y no olvidaron en sus rezos a quien tanto mal les estaba causando.
Tenía el convento por costumbre hacer el Jubileo de la Doctrina el quinto domingo de Cuaresma, y el curilla supo darles en algo en lo que más daño les podía ocasionar: en sus amadas ceremonias tradicionales; utilizó dicho domingo para su propia celebración, apropiándoselo como quien se apropia de una finca, y los frailes no tuvieron otra opción que cambiar de fecha, con las consiguientes molestias e inconvenientes, en especial para sus feligreses.
Sólo faltaba que la hubiese emprendido el muchachote de los ojos celestes a golpes de pico y mazo con los venerables murallones del edificio y con sus pabellones y dependencias tirando por tierra toda aquella empresa, o que les hubiese atacado a ellos mismos físicamente, armado de espada y daga.
Aunque esto último, como vamos a ver, es lo que ocurrió en la culminación de las disensiones.
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3 comentarios:
Esto es mejor que cualquier culebrón , dónde va a parar...
espero que sigas pronto.
Y a ver si convenzo a mi madre para que no vea la telenovela de las 17 , en la que un jovenzuela se enamora perdidamente de una madura, para que se enganche mejor a la historia de castilleja...
Un abrazo.
Me gustaría que tu madre leyese mi blog e hiciese comentarios. Seguro que tiene tanta sensibilidad e inteligencia como su hija.
Hablando de culebrones: el otro día una viuda beatona de Castilleja, de éstas de misa diaria, me dijo:
—Antonio, sigo cuatro telenovelas diarias. Tengo la cabeza puesta en ellas las veinticuatro horas, y a veces ni hago las cosas de casa ... ¿tú crees que esto es bueno? —y le contesté:
—Mire, lo que creo es que no hay nadie en el mundo con la suficiente autoridad y sabiduría para decirle a nadie que programas de televisión debe ver. Pero si usted cree que por culpa de las telenovelas abandona sus tareas domésticas, la solución está clara. O haga como yo, vida bohemia.
Y se quedó pensativa. Creo que le voy, también, a recomendar mi blog; lo malo es que no tiene ni idea de estos mundos virtuales.
Ya veremos.
Un abrazo desde Castilleja.
jajajaja
jajajaja
perdona que me ría querido Antonio
pero aquella vieja comparación del huevo y la castaña se queda corta en el caso de mi madre y yo.
ella no es insensible ,ni mala persona, ni nada ,
pero somos tan diferentes que en realidad cuesta trabajo creer que salí de ella, y aunque no lo fuera, yo me siento muy distinta, pero mucho.
Y desde luego estoy segura de que ella valoraría mucho más que yo no fuera tan desordenada , aunque eso me costara unos gramos menos de cerebro.(aunque no tiene por qué ser excluyente)
De todos modos le diré lo del blog.
un beso.
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