martes, 29 de julio de 2008

Un aperador acosado (II)

La amante de Cristobal Marana era a la vez amante oficial, en la medida en que puede ser oficial la amante de un hombre casado, del Comisario de Guerra de los Reales Ejércitos y enfebrecido aficionado a la astronomía, capitán don Gaspar Ignacio Romero.
Don Gaspar era un hombre de aspecto mefistofélico con reminiscencias marinas. Lo del mar se lo proporcionaban su tez transparente, acuosa y blancuzca, llena de manchas claras, membrana que recordaba a los paraguas de las medusas, y sus ojos de un profundo y salvaje azul, muy abiertos, omnipresentes allá donde se encontrara. Y la apariencia diabólica, que llegaba a hacer llorar a los niños pequeños a los que se aproximaba, le venía del aspecto de dicho ojos, iracundos y terribles, del resto de su rostro y de la presencia de su persona. Una cejas espesas y aladas como de cuervo despeinado, la nariz volcánica, un bigote oscuro, retorcido en puntas cornudas, una perilla espesa con aspecto de cuchillo de monte, y unas manos como zarpas de oso, oculta la delicadeza líquida de la piel por una gruesa toalla de vellos negros cuyo roce producía escalofríos, impresionaban a todos. Sus andares no desmerecían del mentado animal, del que poseía la corpulencia: barzoneando, en un balanceo que hacía difícil y mareante ir a su lado, era el suyo caminar avasallador como una amenaza a cada paso.
El Comisario de Guerra llegó a Castilleja huyendo de sus innumerables enemigos de la ciudad, en busca de un refugio, de un retiro que le permitiera al menos dar un paseo por la calle sin ser blanco de puyas a izquierda y derecha. Envuelto en varios escándalos por importantes cantidades de dinero desaparecidas en la Intendencia militar, y con graves diferencias con altos personajes de la administración hispalense, tuvo que recoger velas y esconderse en el primer rincón que le propusieron sus compinches. Sus dos o tres hijos se habían desentendido buenamente de él suspendiendo todo palique, y eran pocas las veces que se veían.
Sin haber mal que por bien no venga, la nueva residencia le dio manos libres para gobernar a su esposa, una vieja y avinagrada dama de la alta sociedad sevillana que le había destrozado con sus manías veinte años de su vida, y que sin sus apoyos y contactos en la rancia aristocracia de la capital, poco menos que enterrada en el insignificante pueblecito empezó a venir a menos, hasta que las frecuentes depresiones y ataques de melancolía que la asaltaron hundiéronla en un sillón, adonde había que servirle hasta la comida, perdida la mirada al frente y respondiendo con monosílabos incoherentes a cualquier observación de criados o visitantes.
Marchaba el Comisario a Sevilla tres o cuatro veces por semana para dar algunas instrucciones a sus amanuenses y colaboradores y regresar rápidamente el mismo día. Había adquirido una vieja casa ruinosa con un amplísimo corral que lindaba al oeste con la calle de Juan de Oyega, al norte con la de Enmedio, al sur con la Calle Real y al este con otros corrales de mansiones del Señorío Antiguo. El terreno, semiabandonado, estaba cubierto de espeso matorral en aquel verano de 1725 en el que llegó el matrimonio, y mientras los obreros derruían a golpes de zapapico y maceta —polvoroso desmigajamiento— el caserón, mandó quemar el nuevo dueño los rastrojos y rispiones sin previo aviso al vecindario. Al momento una espesa humareda se elevó por el aire de Castilleja, y la alarma cundió entre su villanaje, que salía de las casas con paños mojados en las bocas, asfixiado por el irrespirable ambiente. Tan de sorpresa tomó el fuego a las autoridades que fueron incapaces de reaccionar, y el intendente militar se libró de sanción alguna. Por la humareda con la que oscureció durante toda una mañana la población y por su apariencia, ya retratada, empezósele a llamar "el Diablo Loco". Cuando algún pícaro bergante, algún borracho o una granujería de chiquillos quería verlo explotar de ira violentísima, solían gritarle el bien ganado apodo desde alguna esquina antes de echar a correr para ponerse a buen recaudo de la estrepitosa tempestad en que se convertía.
Casi en un abrir y cerrar de ojos vieron los vecinos alzarse una hacienda-palacio típica, de las de uso común entre los señores de entornos urbanos que se establecían en el Aljarafe, con un gran portón para carros abierto hacia la calle de Enmedio, y junto a él la puerta propiamente dicha. Se fué elevando casi como por ensalmo un torreón cúbico sobre la esquina, alto bastante como para dominar todas las demás construcciones del pueblo, incluída la torre de Santiago, situada a un nivel más bajo del terreno. Sobre esta atalaya, una estancia abierta a los cuatro vientos por ventanales con dos arcadas de medio punto en cada uno de sus cuatro lados, apoyadas en dobles columnas intermedias de piedra jaspeada, que de inmediato recibieron sus correspondientes ventanales de cristaleras con marcos de sólida madera. Y como la guinda en el pastel, una insultante veleta —insultante para la tradición castillejana— cuyo clásico gallo había sido sustituído por una media luna de chapa pintada de negro, que competía en negativo con la real del nocturno cielo.
Hacia la calle de Juan de Oyega cerró el capitán Gaspar Ignacio la finca con un altísimo paredón que mantenía encalado resplandecientemente, hasta herir los ojos. Luego aró el tostado solar y sembró diecinueve pies de olivos y algunos frutales, a la vez que ordenaba convertir un abandonado pocillo en un ingenio de noria con su cubierta de tabla y vigas sobre pilares de obra para abrigar a las bestias de los rigores del sol mientras ejecutaban su impagable labor.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

"Toalla de vellos", ostia, qué fuerza dscriptiva.
Eres genial, siempre te lo digo.
Por cierto ,
me reconozco en uno de esos personajes que caían víctimas de depresiones y melancolías,
siempre he pensado que con el peso de las convenciones y las sociedades cerradas el ser humano no tiene más remedio que volverse loco , o tonto, o ambas cosas al mismo tiempo.
De haber nacido en una época así, yo habría sido la mujer ésa del sillón.
Menos mal que en estos tiempos puedo correr libre, hasta cierto punto,
y no tengo sofás en los que languidecer.
Un beso grande y otro pal Cisco.

Antonio dijo...

Buscando información por Internet me he encontrado artículos sobre la situación social de las mujeres en el XVIII, del todo inconcebibles.

De memoria te cuento la creencia de que cuando estaban con el periodo no debían mirar a nadie, porque hacían daño con la vista (podían transmitir enfermedades a través del aire con los ojos).

Pero el asunto es complejísimo: en Madrid en dicho siglo había un aristócrata, creo recordar que de la familia de los Ponce de León, que tenía a su servicio una mujer boticaria.

La historia depara, cada día, nueva sorpresa. Probablemente nosotros sorprenderemos de igual manera a los futuros historiadores: Reyes y Antonio, dos seres extraños de incomprensibles sentimientos. Para escribir una enciclopedia, ja ja.

Un beso.

Anónimo dijo...

jajajaja
de verdad tú crees que yo pasaré a la historia??
que algún cronógrafo paseará sus cansados ojos por mi anodina existencia?'
En todo caso, tendría q ser un escritor como tú , interesado en la intrahistoria de los personajillos del vulgo que trabaja y sobrevive.
Y sí , la situación de la mujer siempre ha sido anómala , se la ha visto como un ser sospechoso en el mejor de los casos, cuando no mero orificio, (o artificio, que rima) , pero no me extenderé sobre esto, puesto que como sabes , mi feminismo es de boca padentro, o literario , digamos, que no me voy peleando con nadie por ahí.
Soy una cobarde.
Un abrazo grande.

Unknown dijo...

Hay que leerte con mas calma. El tiempo no nos da mucho juego, pero volveré a ello.
Un abrazo

Antonio dijo...

Jan, aquí estarán siempre esperándote las gentes de Castilleja, y yo me encargo de que, ni te ignoren cuando las saludes ni te mientan cuando las frecuentes.

Garantía firme de respuestas amplias y cumplidas de todas ellas tienes desde ahora en lo que te complazca inquirirles, tan segura aquélla como que hemos de morir algún día.

Un abrazo desde Castilleja.

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...