domingo, 2 de noviembre de 2008

Documentación 1o (Testamento)

Se dice que el origen de los velatorios, esa costumbre hecha ley de acompañar toda una noche el cadáver de un ser querido teniéndolo a la vista durante el mayor tiempo posible, está enraizado en una antigua actitud utilitaria y vital para los componentes de las familias y para el funcionamiento básico de una sociedad, de una comunidad, de un grupo.
Ocurría que en otros tiempos la medicina no tenía en absoluto el carácter de ciencia exacta que, orientados por el racionalismo de Descartes y su descubrimiento de la glándula pineal, los franceses del siglo XVII le supieron imprimir con sus excepcionales hallazgos, carácter que fue trasladado a España cuando los Austrias dejaron el gobierno del país a los Borbones y que impregna con su praxis el periodo que ocupa nuestra historia de Castilleja en estos primeros capítulos. La medicina a la que nos referimos no luchaba contra la muerte tan "a vida o muerte" —permítasenos el juego de palabras— como se hizo con posterioridad, sino que cuando los médicos se reconocían incapaces de batallar contra el mal que aquejaba a sus pacientes los entregaban a sus respectivas familias, certificando con esta actitud la limitación e impotencia de sus conocimientos. El enfermo de esta forma desahuciado permanecía en el ámbito doméstico a la espera de una intervención divina, y sus allegados lo situaban en un lugar en el cual pudieran observarlo cotidianamente, por ver si mejoraba o languidecía; este lugar era el más concurrido de la casa, por lo general la cocina. Mientras se reponían fuerzas en la mesa, el enfermo yacía cercano, en la mayoría de los casos casi completamente inconsciente, bien por la propia dolencia o bien por las dosis de hipnóticos y somníferos que el boticario le suministraba regularmente.
Así se estableció la costumbre de velar a los muertos, que perduró a pesar de que ya la ciencia médica, optimista y segura de sí, se había propuesto rescatar de las garras de la Parca a todas y cada una de sus probables víctimas cualquiera que fuese el estado en que se encontraran.

A Pedro Lopez de Pineda lo velaron siguiendo la tradición, aunque nadie entre los presentes conocía la dicha teoría antropológica. La bocacalle de Juan de Oyega estuvo llena de hombres casi las veinticuatro horas del día. Como era habitual, las mujeres permanecían en el interior de la casa, en una habitación mal iluminada con alguna vela de cera donde descansaba el difunto, sentadas en hileras alrededor del féretro, prácticamente tapadas por espesos velos y mantillas de riguroso luto, murmurando alguna oración o emitiendo apagados ayes de pesadumbre; en cambio los hombres se encontraban en la puerta de la calle, charlando en voz baja e intercambiándose los pésames de rigor.
Dentro, en la filas de sombras negras que miraban el rostro pardo oscuro del muerto podríamos reconocer a Geronima Vallecillos sin verle la cara siquiera, lo que en cualquier caso hubiera sido imposible dada la espesa oscuridad que la débil lucecilla solo conseguía poner más de manifiesto. La mujer de Bartolome era una persona altísima y ancha, huesuda pero muy magra de carnes, con una cojera ostensible. Las órbitas de sus ojos estaban ennegrecidas, lo cual daba a su mirada un matiz de frialdad, de helada fijeza, como si mirara a través de un antifaz. Era una mujer sin principios morales algunos, de duro corazón y de un cerrado egoísmo que tenía su origen en un miedo a todo, en una aprehensión que parecía haber sido mamada desde la cuna.
En lo que respecta al luto, con el que también su marido se hallaba cubierto de pies a cabeza, existe asimismo una investigación antropológica interesante y muy plausible, que los tanatólogos modernos se han encargado de divulgar: entre las supersticiones de los salvajes africanos hubo una que se enseñoreaba de sus culturas caracterizándolas, como es la de la transmigración de las almas. Temiendo ser poseídos por las de los difuntos, que abandonando los cuerpos muertos vagaban por los poblados entre las chozas, los apriscos, los árboles y los caminos, se camuflaban con pinturas blancas o yesos para que no ser reconocidos, haciendo que pasaran de largo y creyendo firmemente librarse con esta infantil estratagema de ser poseídos por ellas. Lo que para los negroides era pintura blanca —luto que hoy está institucionalizado entre los budistas e hindúes— transformóse en negra entre los occidentales de piel blanca. Si a Bartolomé, como hombre del siglo XVIII que era, se le hubiese planteado esta explicación acerca de sus vestiduras, con toda probabilidad hubiera reaccionado con un violento exabrupto, puesto que era firme creencia en aquella sociedad rural del Siglo de las Luces que la muestra de respeto a los difuntos que significaba vestir ropas oscuras provenía de mandatos celestiales emanados a través de la máxima e infalible autoridad pontificial en Roma.

Por fin, a la mañana siguiente, entre los gritos sinceros y fingidos —que de todo había— de las mujeres, sacaron el ataúd de Pedro Lopez y en turnos, casi luchando entre ellos por reemplazar al portador anterior, los vecinos lo transportaron a la iglesia de la Calle Real, cuya campana doblaba a difuntos desde el amanecer.

2 comentarios:

Haideé Iglesias dijo...

Me llamó la atención: "sin principios morales alguno"... ¿no hay un error en esto? Es imposible no estar sujeto a principios morales, al menos esto es lo que pienso yo, que se tergiversen para acomodarlos a convenciencia,si, pero no tenerlos...nu sé...
Gracias por la información de velar a los muertos. Y otra duda: ¿seguro que hay correspondencia entre que los blancos escogieran lo negro? No sé, la sensación es que me hay algo que no me encaja, nu sé, jejeje...
Buenos días! Hoy si lei, me he puesto un correctivo a mi misma, jeje...
Y,jajajaja,estoy más comedida que ayer, jajajaja
Besos!

Antonio dijo...

Pensándolo bien...
Aunque el concepto de amoralidad está bien establecido en el sistema conceptual que utilizamos.
De todas formas, ya verás lo que hacía Geronima Vallecillos con la niña que recogieron (hija de los amores secretos de Juana Caro, la panadera). A ver si no es para... ¡qué se yo!.

En cuanto a correspondencia entre blancos y negros enlutados, tendré que revisar mis fuentes. Hay cierta lógica, porque el animismo y la transmigración de las almas también fue creencia de tribus de blancos.
No me importa corregir, Haideé, en aras de servir a la verdad; por eso te agradezco el interés que demuestras en que así sea.

Un abrazo muy fuerte y un beso.

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...