Llegaron las tardes sombrías de otoño, y el campo exhalaba una variada gama de aromas de húmedas hojas caídas y de verdor remozado que traía añoranzas de años pasados, cuando los huertos y sementeras eran en las mentes, entonces infantiles, zonas encantadas, depósitos de tesoros inagotables repletos de esplendorosa vida. A los niños no se les representaban los sudores y los tributos, los robos y las tormentas, las luchas por la posesión de la tierra.
Cierto día Bartolome Lopez y Salvador de los Reyes, tras un almuerzo en casa del primero servido por Geronima, salieron a pasear por el camino de Bormujos, ambos con la misma idea dándoles vueltas en las cabezas.
—Esto se está alargando en demasía, don Salvador —abrió la conversación el agricultor mientras dejaban atrás el caserío de Castilleja. El hombre se encontraba muy deprimido. El cielo estaba velado y soplaban de cuando en cuando suaves golpes de brisa marina del suroeste que les hacían sentirse traspasados de frescura.
—Ya, ya. Y lo malo es que, no quiero engañarte, yo no le veo solución temprana. Cada día se enfanga más el pleito —respondió el boticario, mirando la tierra de la hijuela, endurecida por el paso de los carretones. Al oir en el silencio vespertino la, aunque triste, melodiosa voz de su acompañante, frunció el ceño.
—¿Sabe usted lo que le digo? Que soy capaz de escribir a nuestro rey Felipe, tal es la desesperación a que me está llevando este asunto —recalcó Bartolome, mirándolo con intensidad.
Salvador de los Reyes soltó un gruñido y guardó silencio, reflexionando. Rememoró el Lustro Real, cuando Sevilla fue convertida en Corte. Se decía en los corrillos populares que el rey estaba loco, y que había venido a recuperarse a Andalucía. En parte era cierto, pero también lo era que en esta tierra empeoró hasta límites alarmantes. El boticario tuvo canales fiables de información gracias a su pertenencia a la Regia Sociedad Sevillana de Medicina y Ciencias, a la cual llegaban a diario datos de primera mano por mediación del médico principal del monarca, Giuseppe Cervi.
Don Salvador de los Reyes sabía que Felipe V padecía ataques de terror, que no quería levantarse de la cama, que se autolesionaba, que se ponía las camisas usadas de Isabel de Farnesio porque creía que lo querían envenenar con ropas tóxicas.
Todo lo que se comentaba en la Sociedad era cierto. Como también que los Infantes, tan aficionados a la caza como su trastornado padre, solían venir a los olivares de Castilleja a reventar a plomazos conejos y palomas sin conmiseración alguna a pesar de sus cortas edades. Tuvo ocasión Salvador de saludarlos cuando sus encanalladores preceptores pensaron en darles una edificante lección de historia enseñándoles la ruinosa casona de la calle Real donde murió el, en puridad, viejo criminal endiosado por los cronistas oficiales tras sus viajes depredatorios a México. En una de estas excursiones don Carlos, el futuro Carlos III [ver Documentación 1m (Testamento)], tuvo una caída de la que resultó herido.
Mientras tanto Bartolome también pensaba en el Borbón. Recuerda el día en que sus padres se lavaron y vistieron de gala, los reunieron a todos y marcharon, junto con medio pueblo, hacia Camas al pie de la cuesta para ver llegar la comitiva regia, que tenía previsto su paso hacia las cinco de la tarde del 2 de febrero de 1729, camino de la capital hispalense. O eso creían. Cuando llegaron los castillejeros alborozados al Camino Real de Extremadura les extrañó el silencio, sin toques de campanas, y la soledad del llano, con escasamente algún pastor. Pronto supieron que se habían equivocado, y que era el día 3 cuando debían llegar los cortesanos madrileños. Decepcionados y culpándose unos a otros volvieron sobre sus pasos subiendo trabajosamente el desnivel hacia la ermita de Guía. Al siguiente día por fin los contemplaron, aunque con el mal sabor del tiempo perdido.
Bartolome, debido a su ignorancia y al contrario que su apoderado el farmacéutico, tenía esperanzas en la justicia del rey. No sabía que los representantes internacionales desconfiaban de un país regido por un ser desquiciado, que se pasaba semanas enteras encerrado en el Alcázar sin pronunciar palabra por estar convencido de haber muerto, o porque creía ser una rana. O que golpeaba con violencia a todo aquel que se le acercara. Recibía a los dignatarios casi desnudo, o vestido de mujer. Gritaba desaforadamente para sin solución de continuidad ponerse a cantar con todas sus fuerzas. No soportaba cambiarse de ropa, y estuvo más de un año con las mismas, harapiento y costroso, con los calzones tan descosidos que se le abrían o caían en cualquier lugar, mostrando sus vergüenzas. Dicen que durante el verano de 1731 llevaba continuamente la boca abierta y la lengua fuera, obsesionado con el calor.
En los Libros de Cuentas del Alcázar consta lo que costaba el carbón del brasero con que se calentaba cuando, de madrugada, se empeñaba en pescar en sus estanques, el aceite que gastaba en los faroles para alumbrarse, y el pan que, desmenuzado, echaba a los peces.
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