lunes, 24 de noviembre de 2008

Rodrigo de Cieza 3

Pedro de Cieza llegó a La Española con el gusanillo de la literatura bullendo en su interior, pero también movido, como muchos otros, por la noticia de la llegada a Sevilla del inconmesurable tesoro del rey Atahualpa, traído por Hernando Pizarro, cuya noticia indujo una avalancha de buscavidas hacia América en la que se incluía —o más bien fue incluído— el joven e inexperto hermano del cura de Castilleja. Se decía que los españoles de allí ponían a sus caballos herraduras de oro y plata. 
Tras una temporada de adaptación en la Isla se trasladó a Tierra Firme; no menos terrorista que los demás soldados y capitanes que arrasaban las tierras recién descubiertas con el visto bueno de las altas jerarquías religiosas y civiles, tuvo la inteligencia de procurar ir recabando datos y documentación de todo cuanto veía, en forma de testimonios de frailes, transcripciones de protocolos notariales de escribanos y afanosas recopilaciones de información a través de fuentes orales indígenas; comenta de sí mismo que mientras sus compañeros se dedicaban a descansar en los eventuales campamentos tras las duras jornadas guerreras, él escribía sin pausa, asediado por el hambre, la poca luz y el agotamiento físico.
Dió por terminada su Crónica con treinta y dos años de edad en la ciudad de Lima el 8 de septiembre de 1550, tras diecisiete desde que salió de Sevilla. Al año siguiente, 1551, cruzó el Océano y regresó a la capital andaluza, no sin antes haberse casado por poderes con Isabel Lopez de Abreu, una sevillana cuyo rico padre, Juan de Llerena (oriundo de Trigueros a pesar del coincidente apellido), dotándola con un millón y medio de maravedíes salvó a nuestro cronista de la ruina en la que le había sumergido su excesiva afición a las letras. Vivieron los esposos en la calle de Las Armas (hoy Alfonso XII) bajo la protección del suegro, mercader bien situado en el eje comercial entre Flandes, Sevilla y América, quien asesoró al escritor indiano en algún negocio que otro, colmándolo de regalos, entre ellos una esclava llamada Beatriz valorada en cien ducados.
 No perdían ocasión de pasar temporadas de descanso alojados en la casa castillejana de su hermano y cuñado don Rodrigo de Cieza. Hicieron amistades en el pueblo, y como personas importantes que eran, fueron solicitados para apadrinar algunos bautizos y casamientos, como demuestran estos ejemplos:

En diez y nueve de febrero de cinquenta y tres años yo el cura beneficiado de la iglesia del señor Santiago don Rodrigo de Cieça casé por palabras de presente conforme al concilio tridentino a Cristoval de Castro, viudo, hijo de Bartolome de Castro y de Catalina Perez, vsº. de Triana, y a Juana de Contreras, vª. de esta villa y hija de Juan Rodriguez y de Elvira Gutierrez, defunctos, a lo qual se hallaron presentes el bachiller Sebastian de las Heras, clérigo, Pº de Cieza, hermano del beneficiado, y Ysabel Lopez, mujer de dicho Pedro, vsº. de Sevilla en la collación de San Vicente, y lo firme ut supra. Don Rodrigo de Cieça.

En veinte y nueve de noviembre de mil y quinientos sinquenta y tres años batizé yo, el dicho beneficiado a Alonso, hijo de Diego Hernandez y de Leonor de Orduña su mujer; fueron sus compadres Miguel de las Casas*, Pº. de Cieça y Ysabel Lopez, su mujer; fecho ut supra. Don Rodrigo de Cieça.

*  Miguel de las Casas fue el escribano público de la villa de Castilleja de la Cuesta en aquellos años. 

Por esos años Pedro dedicaba su tiempo mayormente a corregir y pasar a limpio sus escritos. También hizo varios viajes a la Corte para conseguir licencias del Consejo de Indias a fin de imprimir la primera parte de su obra; además realizó algunos otros desplazamientos a su Llerena natal, a veces en compañía de su hermano Rodrigo.

Eran los Cieza sobrinos de Alonso de Cazalla, prestigioso notario sevillano con hijos en las Indias, los cuales apoyaron mucho en su estancia allá a Pedro de Cieza, resaltando entre todos a Pedro Lopez de Cazalla, que fue importante personaje, secretario de Cristóbal Vaca de Castro, Pedro de la Gasca y el mismo Francisco Pizarro. Los dos primos homónimos se encontraron en el Perú hacia 1548, y la experiencia de Cazalla fue de gran ayuda para el novato pacense. Hay que considerar que este Pedro Lopez fue testigo del asesinato de Francisco Pizarro a manos de Diego de Almagro y sus secuaces, e incluso ayudó a enterrarlo.
No le hubieran ido las cosas mal en Sevilla a Pedro de Cieza, bien casado y bien respaldado económicamente, si su naturaleza hubiese soportado las duras condiciones de la vida en Ultramar. No fue así. Traía una dolencia, quizá tuberculosis, quizá disentería, que al parecer contagió a su joven mujer, la cual murió por el mes de mayo de 1554. Él mismo moriría el mismo año, dos meses después de su esposa, habiendo redactado testamento una semana antes de fallecer.

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