Los caminantes avistaron los primeros corrales bormujanos, entre los oscuros olivos de don Pedro Colarte. Tras ellos a la izquierda, el pago de Valdovina se abría con el trasfondo de la vega del Guadalquivir, y sobre sus zonas encharcadas —antiguos viñedos ahora tierras en barbecho— volaban bandadas de tarabillas y mosquiteros. Decidieron volver, dejando paso a una carreta de bueyes que se dirigía a Castilleja. Mientras esperaban que se hubiese alejado lo suficiente Bartolome refirió al boticario lo ocurrido cuando los castillejanos fueron a Camas a ver llegar al rey.
Contábale que sus soldados habían robado ganado del pueblo. En efecto: la soldadesca, como contagiada de la estrambótica locura de su máximo jefe, se dedicó durante los cinco años de estancia en Sevilla a cometer toda suerte de tropelías. Los "escandalosos y pendencieros huéspedes" que tuvieron que soportar los sevillanos, alojados en casas particulares y por tanto fuera de la vigilancia de sus mandos, se hicieron los dueños de la ciudad y de sus contornos. Las quejas y denuncias al Cabildo eran tan continuas que se logró que se acomodase a la tropa en cuarteles, pero acostumbrados a las casas particulares, surgieron frecuentes protestas de los militares, cuya culminación tuvo lugar en la noche del 30 de agosto de 1730, cuando en la Alameda de Hércules un grupo de guardias de Corps atacó a cuchilladas al marqués de Medina, regidor diputado de cuarteles, dejándolo en gravísimo estado. Llegaron a prender fuego a edificios de Triana y de otros lugares, produciendo voraces incendios que amenazaban a collaciones enteras.
Había en la ciudad compañías de guardias flamencas, italianas, valonas y españolas , campando a sus anchas con la aquiescencia tolerante y paternalista de sus oficiales. Una noche, en el mismo verano del apuñalamiento del marqués de Medina, varios soldados amparados en la oscuridad y en la benevolencia de sus superiores efectuaron una incursión hacia Castilleja, e intentaron llevarse algunos bueyes de los establos aledaños al pago de Solís. Como venían haciendo casi desde que llegaron a la ciudad, revendían las carnes de sus hurtos en los mercados clandestinos de los barrios, a bajo precio, lo cual originó denuncias de los matarifes municipales, aunque sin efectividad alguna.
Hubieron de desistir, aquella noche aljarafeña, ante las complicaciones del transporte de tan pesados y lentos animales, y dejando los caballos en la hondonada del Valle disimulados entre las adelfas y al cuidado de uno de ellos, merodearon en plena madrugada los demás por la calle de Enmedio y la Plaza, oteando en busca de la menor oportunidad de hacerse con cualquier clase de bienes ajenos. Eran, según se supo más tarde, dos jóvenes italianos y cinco holandeses. Cuando, pensando ya en regresar, pasaron al final de la calle Real por la puerta de la carnicería de Abajo, oyeron unos tentadores gruñidos, y casi sin mediar palabra iniciaron un silencioso asedio al establecimiento por su fachada y por la retaguardia, actuando con tanta pericia que ni los panaderos vecinos que a aquella hora se encontraban trabajando con febril actividad se percataron de las actuaciones de los fascinerosos soldados.
Al siguiente día, el atribulado carnicero que abría a primera hora, tras interrogar ansiosamente a dichos panaderos, denunció al Teniente de Gobernador el robo de dos cerdos que la tarde anterior había traído de Gines para su matanza, y de varias piezas de tocino salado dispuestas para la venta al por menor de la jornada.
Bartolome y don Salvador regresaban al pueblo cabizbajos y en silencio, cada uno perdido en su propia reflexión. La tarde se volvía húmeda, y el cielo gris plata daba al ambiente una pátina mate, triste y melancólica. Innumerables perros, que desde los chozos vigilaban viñas y sembrados, ladraban con todos los timbres y frecuencias, llenando el espacio hasta los horizontes con sus copiosos latidos.
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