domingo, 23 de noviembre de 2008

Rodrigo de Cieza 2

El cura se acostó pronto aquel día. Dejó los documentos peruanos en el arca junto a su cama, cerrando cuidadosamente aquélla y enterrando la gruesa llave bajo su almohada, hundida en el mullido colchón de lana nueva. Hacía calor y mantuvo la ventana abierta, por la cual podía ver un trozo de cielo tachonado de estrellas brillantes. En cada noche de los días de tertulia le inquietaba el mismo pensamiento y debido a él tardaba en conciliar el sueño. Quería editar los manuscritos, se había propuesto verlos convertidos en libros que llegaran a todos los confines del mundo para dar a conocer las increíbles aventuras que su autor, su hermano menor, había vivido; para convertirlo en lo que se merecía, en una celebridad inmortal de las letras hispanas. Le debía eso y más a su querido e inolvidable Pedro, y todo lo que le prometió en su lecho de muerte tenía que cumplirlo. Pero además, el cura barría para adentro, como se irá desvelando en los siguientes capítulos. 
Recordaba vívidamente la mañana del 3 de junio de 1535 en el puerto de Sevilla en donde lo despidió, abrazándolo. Su hermano Pedro era entonces un chicuelo de alrededor de quince años, imposibilitado para imaginar siquiera lo que le esperaba, tras la travesía, en la tan famosa como desconocida isla La Española. Sus padres y sus tres hermanas pequeñas, María, Leonor y Beatriz, lloraban desconsoladamente, estrechándolo entre sus brazos, mientras desde la urca Santa María de las Cuevas, atracada en el muelle de la Sal, el maestre Manuel de Maya y los marineros gritaban urgiendo a los pasajeros a embarcar mientras maniobraban las jarcias desplegando sus sucias velas de lona descolorida por los vientos salitrosos. Pedro de Cieza, apoyado en la barandilla, despidió a su familia con un gesto inseguro mientras la nave giraba lentamente enfilando su proa río abajo, hacia Sanlúcar, hacia el mar y Santo Domingo.

El cura dió varias vueltas en la cama, enervado por los recuerdos que parecían amontonarse atropelladamente en su cabeza haciéndole casi sentir los graznidos de las gaviotas alrededor del navío. Para empeorar su estado, aquella mañana había bautizado a un esclavo, Benito, algo que, por inusual, también contribuía a su insomnio. Benito, negro guineano de aspecto huidizo y ausente, era propiedad de Jorge Manrique, quien poseía además de otros esclavos la mayor parte de las tierras del sur de Castilleja, sembradas por aquel entonces de fructíferos olivos. 
El agua se deshizo en hilillos serpenteando entre el cabello minúsculamente acaracolado del muchacho y chorreándole tras las orejas hasta la barbilla, goteando en el cuenco de la antigua pila de factura árabe, de la que se decía haber sido la fuente de abluciones de la antigua mezquita que fue en su origen la iglesia. Estaban presentes, además del dueño, el sacristán y su mujer, Martin de Alfaro* y su esposa doña Mayor Aldara de Vaca, matrimonio amigo del terrateniente. El esclavo recién bautizado contaría con algo más de veinticinco años, pero la tristeza y las penalidades lo habían avejentado extremadamente. Andaba por los alrededores del pueblo, en los ratos que su amo le concedía para su solaz, lentamente, con los brazos caídos, la vista en el suelo y un aura de irrealidad que parecía protegerle, como si de un potente campo magnético se tratara, de impertinencias y curiosidades ajenas.

*En miércoles día de Año Nuevo de mil y quinientos y sinquenta y seis años batizé yo, Rodrigo de Cieça, beneficiado de la yglesia del señor Santiago de la villa de Castilleja de la Cuesta a filipe, hijo de filipa, negra de Martín de Alfaro; fueron sus compadres Francisco de Casas y Juan Perez, y Andrés Hernandez Viscaíno1 y la comadre. Fecho ut supra. Rodrigo de Cieça.

1.-  Lorenzo Hernandez Vizcaíno, hermano de este Andrés, estaba casado con María, hermana menor de don Rodrigo el cura.

Era don Rodrigo de Cieza un extremeño de Llerena, de buena familia, si por buena entendemos que no faltaban en la despensa de la casa ristras de chorizos, algún jamón que otro, quesos variados y la indispensable tinaja de aceitunas aliñadas. En Badajoz los productos del cerdo siempre han blasonado las añejas penumbras de los almacenes domésticos. Pero además es de justicia añadir que, en el caso que nos ocupa, el cura de Santiago era hijo de un hombre, Lope de León, al que en algún lugar documental se le adjetiva de Licenciado.
La familia, al parecer debido a la penuria que le sobrevino a causa de una inesperada y excesiva carga de hijos, hubo de destinar a la emigración a alguno de ellos, y ningún lugar mejor que el gran pastel que en aquellos tiempos era la capital andaluza, Sevilla.

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