domingo, 23 de noviembre de 2008

Rodrigo de Cieza 1

"...de qué manera se pudieron hacer caminos tan grandes y soberbios como por él vemos, y que fuerzas de hombres bastaran á los hacer, y con que herramientas y estrumentos pudieron allanar los montes y quebrantar las peñas, para hacerlos tan anchos y buenos como están; porque me parece que si el Emperador quisiese mandar hacer otro camino real, como el que va del Quito á Cuzco, ó sale de Cuzco para ir á Chile, ciertamente creo, con todo su poder para ello no fuese poderoso, ni fuerzas de hombres le pudiesen hazer, sino fuese con la orden tan grande que para ello los Incas mandaron que hobiese. Porque si fuera camino de cincuenta leguas, ó de ciento, ó docientas, es de creer, que aunque la tierra fuese más áspera, no se tuviera en mucho, con buena diligencia, hacerlo; mas estos eran tan largos, que habia alguno que tenia mas de mili y cien leguas, todo hechado por sierras tan ágras y espantosas, que por algunas partes, mirando abajo, se quitaba la vista, y algunas destas sierras drechas y llenas de piedras, tanto, que era menester cavar por las laderas en peña viva, para hacer el camino ancho y llano; todo lo cual hacian con fuego y con sus picos. Por otros lugares habia subidas tan altas y ásperas, que tallan de lo bajo escalones para poder subir por ellos á lo más alto, haciendo entre medias dellos algunos descansos anchos para el reposo de las gentes. En otros lugares habia montones de nieve, que era más de temer, y esto no en un lugar, sino en muchas 
partes,  y no así como quiera, sino que no va ponderado ni encarecido como ello es ni como lo vemos; y por estas nieves, y por donde habia montañas de árboles y céspedes, lo hacian llano, y empedrado, si menester fuese."

—Así hicieron la Calle Real — bromeó Juan Sanchez Delgado, que hacía funciones de sacristán en la iglesia de Santiago. 
Todos rieron mucho la ocurrencia, aun exponiéndose a despertar la ira de don Rodrigo y que diese por terminada la tertulia. Los temas de la parroquia contraria, como foráneo que era, le despertaban el poco reconfortante sentimiento de ser un advenedizo en la sociedad castillejana a pesar de su investidura sagrada.
Estaban sentados en círculo en el patio de su casa, aledaña a la torre del campanario. Proliferaban en el recinto macetones de claveles y geranios por todos los rincones, y el suelo de ladrillos —recién regado— rezumaba una frescura que se agradecía aquella tarde del jueves 19 de agosto de 1557. Bajo el alero del tejado principal las golondrinas, tras dar varias pasadas sobre el grupo de tertulianos, se introducían por las estrechas rendijas de los nidos dispuestas a pernoctar en sus oscuros y algodonosos interiores.
El cura don Rodrigo de Cieza se tomó un respiro, sospesando los pros y los contras de suspender la lectura hasta otra reunión. El auditorio, consistente en media docena de personas de ambos sexos, parecía seguir interesado en su narración, pero aun así tampoco le convenía saciarlos, según su experiencia de adoctrinador y soflamista le había enseñado. A las gentes había que dejarlas con hambre de palabras, mejor que hastiadas de discursos largos que terminaban por embotarlas y predisponerlas al absentismo.
Doña Mayor, esposa del gracioso sacristán Juan Sanchez y sustituta de Maria Ramirez, ama del beneficiado que se encontraba indispuesta, preparaba la cena en la cocina, por cuyo ventanuco se esparcían aromas de sopa hirviente. Era la clásica mujer llena de complejos de culpabilidad que encuentra su razón de ser en recibir constantes maltratos psicológicos de un sádico ensotanado. 
La tarde iba perdiendo luminosidad, y purísimas bandas de oro en los tejados y tapiales ofrecían un bello y melancólico contraste con el aire que la hora transformaba casi imperceptiblemente de azul a gris.
Don Rodrigo de Cieza decidió terminar, movido sobre todo por el delicioso olorcillo de la sopa, y cerró la manoseada carpeta de cuero de becerro en la que guardaba los manuscritos de la historia del Perú. 
Todavía charlotearon un poco, como un despertar gallináceo a la realidad después de los vuelos de un sueño remoto y grandioso, los presentes. Comentaron acerca de lo que acababan de oir al beneficiado, y se sintieron dichosos y privilegiados por haber recibido de primera mano aquella valiosísima y especial información que les descubría universos reales, tenidos por imposibles por la mayoría de sus convecinos. Pensaban en el momento en que contasen que en el Nuevo Mundo había barrancos tan profundos que no se divisaba sus fondos, y se recreaban de antemano en las caras de sorpresa, miedo, asombro y admiración que con toda seguridad sus palabras iban a causar en sus interlocutores.
Hacía nueve días que Felipe II se había apuntado la batalla de San Quintin a su favor, pero las charlas de don Rodrigo de Cieza tenían la propiedad de apagar la expectación que la más extraordinaria noticia pudiera causar entre los sencillos y escasos —no más de cincuenta— lugareños de la aldea.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Sabes qué?
Empiezo por Rodrigo de Cieza , para no quedarme tan atrasada ....y te soy sincera, para paladear el buen gusto de la literatura, tienes párrafos tan hermosos que no puedo alejarme mucho de ti.
Aunque no me veas comentar , estoy.
Besos, espero q estés bien.

Antonio dijo...

Este es el comentario que se me había quedado atrás. Mil disculpas, Reyes.
Me llevé una gran sorpresa al saber, hace muy poco tiempo, que el cura de Castilleja Rodrigo de Cieza era hermano de tan célebre cronista como fue Pedro de Cieza de León, y ahora que estoy en materia, no acabo de salir de mi asombro al comprobar que había varios vecinos de este pueblo que —como te dije en el email— participaron en la conquista de México con Hernán Cortés.
Ahora empiezo a recopilar datos sobre ellos.
Gracias, Reyes. Un abrazo y un beso.

Los olvidados, 12q.

  [...] la implantación de las organizaciones obreras parece que fue, y actualmente de manera notable, bastante débil en el Aljarafe. Quizás...