Geronima Vallecillos habla en voz alta, está agitada y nerviosa, fuera de sí, a pesar de tener al pecho mínimo y blancuzco a su niña, que chupa ansiosa del pezón. A su lado, dos vecinas, en completo mutismo, la escuchan sin parpadear, cruzadas las manos en los regazos. Las tres están sentadas en la sala principal de la casa, la ventana a la calle Real abierta de par en par. Es mediodía, y el sol entibia un poquito el aire claro.
—¡Mi marido ha sido el único que se ha preocupado de él! ¡Ninguna ha sido capaz de echarle una mano ni para lo más necesario!
Y grita tanto que parece querer hacer partícipe de las bondades de su esposo a todo el pueblo.
—¡Cinco años! ¡cinco años llevamos cuidándolo! —y mece violentamente a Ana Maria, atragantándole el último buche de leche. La niña llora desconsoladamente. Ha heredado los párpados de su padre, hinchados y rojizos.
—Le he preparado todos los días tres comidas; le he limpiado la casa, le he lavado y cosido la ropa, le he hecho la cama cada noche. Hemos trabajado en su casa más que en la nuestra, y ahora nos pagan robándonos lo que es nuestro por derecho...
Se oyen unos tremendos golpes, unos berridos. Un buey, atacado de ántrax, pedalea y grita en el establo vecino, martilleando con sus pezuñas los tablones de la valla. Recién castrado, al echarse a descansar la herida de los testículos extirpados tuvo contacto con la mezcla de tierra y excrementos del suelo y la temible bacteria penetró en el antes saludable organismo atacando sus sistemas vitales. Pero la conversación de Geronima se superpone al estruendo del agonizante animal.
—¡Cuando murió estaba yo blanqueándole la fachada, sin ni atender a mis hijos y a mi marido!
Y era cierto. Por la ventana podíase ver fulgurante de albura el frente de la casa, la cual ahora presentaba esa pátina de soledad y vacío que ensombrece a las que han sido visitadas recientemente por la dama de la guadaña. A los gritos de la mujer los transeúntes agachaban la cabeza, temerosos de atraerse con una mala mirada las santas iras de aquella madre escandalizada.
Geronima no perdía ocasión de expresar de aquella manera sus pensamientos, y en cuanto se presentaba la menor oportunidad encauzaba la atención de sus esporádicos interlocutores hacia el repetitivo tema que le obsesionaba. De tal forma que la partición de los bienes de su suegro y ella misma, su propia persona, se transustancializaron en un grado que hacía asociar su presencia, y aun todo su entorno, casa y tramo de calle incluídas, al conflicto de los litigantes. Y consiguió que en toda la villa pensar o hablar de los Lopez de Pineda fuera indefectiblemente hablar o pensar en el egoísmo y desagradecimiento de los malos hijos, y en cómo se revolverían los huesos del difunto disgustado por el nefasto desarrollo de su proyecto testamentario.
Mas no toda la culpa era de los vivos. El muerto, a pesar de los formalismos en la redacción de sus postreros deseos, albergó en su interior tiranizándolo un alma de irrascible macho de manada que al tiempo en que sus idolatradas hijas fueron creciendo y mostrando signos de madurez exentos como es natural de la inocencia, ternura y gracia con que la infancia humana está adornada, se sintió poco menos que estafado por la providencia divina, y fue separándose de ellas, en cierta forma ignorándolas cuando no castigándolas con su desprecio y desdén, actitud que llegó a su culminación cuando se casaron, aunque cuidóse mucho de manifestarlo en público. Era común en aquellos tiempos y en estos casos dotar a las hijas con la única finalidad de que les saliera pretendiente cuanto antes, y conseguir así dejar a los ancianos padres "libres" y especulando con el futuro de los varones, que eran los que ofrecían más garantías de seguridad y bienestar en las precarias ancianidades. Y Pedro no era indiferente a esta tendencia social, llegando a atar a su hijo Bartolome a sus propios intereses.
Intentó el hombre dulcificar, paliar o enmascarar frente a la opinión pública este su temperamento aceptando, allá por 1733, el cargo de Diputado de la Cofradía y Hermandad del Santísimo Sacramento y Santa Vera Cruz de la parroquia de la Inmaculada Concepción de la Calle Real, pero la creencia y consideración de que las mujeres eran inferiores incluso en el ámbito doméstico no le abandonó en ningún momento de su larga vida, y murmuraba hasta de los más mínimos detalles en las atenciones que le prodigaba su nuera Geronima, la cual no se ahorraba tampoco algún pescozón, en los momentos bajos, con que saludar al decrépito anciano.
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