miércoles, 26 de noviembre de 2008

Rodrigo de Cieza 4

Ya era viernes. Se levantó y a tientas se orientó hacia una alacena cuyas repisas se vislumbraban en un rincón. Tomó de ella una lamparita de faltriquera, la cargó con aceite de una alcuza de hojalata y se dirigió a la cocina. En el cajón de la mesa guardaba pedernal, eslabón y mecha. Eran un regalo de un compañero de sus tiempos de estudiante. El eslabón, de acero artesanal, tenía un mango con la figura de una cabeza de búho, el pájaro símbolo de la sabiduría. Golpeó con él la piedra de cuarzo sujetando con el pulgar de la misma mano una pizca de algodón ya chamuscado con anterioridad —lo cual propiciaría su ignición— y con secos golpes sobre la piedra, que resonaron casi como un estruendo en el silencio reinante, arrancó algunas gruesas chispas que mordieron la hilacha, produciendo una minúscula llamita azulada y naranja que avivó con un suave soplido; entonces la acercó a la mecha de la lamparita y obtuvo una luz débil y vacilante, pero suficiente como para moverse por la casa. Salió al patio con la ropa de dormir, cruzándolo hasta el fondo. Todavía estaban en él las sillas de paja que habían sido usadas por los tertulianos y que la mujer del sacristán no recogió; don Rodrigo pensó que el rocío de la mañana podría estropear los asientos, pero no se entretuvo en guardarlas en el cobertizo donde las almacenaba: por una vez no tenía importancia. Era una noche serena, magnífica. Por el lomo de las tapias se deslizó un gato negro corriendo asustado. Llegó el cura al oscuro portillo —maderas carcomidas, clavos oxidados— y dejó la luz en un cantillo esquinero de piedra desgastada, para maniobrar libremente desatrancando la hoja de tablones nudosos. Expedito el paso penetró en un corralito en cuyo centro crecía un frondoso naranjo, a estas horas habitado por unos cuantos gorriones durmientes, que al sentir el rojizo resplandor de la luz se revolvieron inquietos. En un lateral del recinto se alineaban jaulas conejeras elaboradas a partir de cajones a los que se les habían añadido patas para mantenerlos aislados de la humedad del suelo terrizo. " Cuniculus", pensó don Rodrigo en latín. Se había olvidado de reponer el agua a los noctámbulos herbívoros, y subsanó su falta de memoria trasvasando de un cubo a los bebederos de barro el líquido fresco, que destelló bajo la débil iluminación de la lámpara. Algunos de los animales se acercaron tímidamente, husmeando el aire con los ojos muy abiertos; eran de la raza gigante de Flandes, albinos y de ojos rojos que podían llegar a pesar 8 kilos, produciendo una cantidad de carne que compensaba al clérigo su especial fibrosidad. Novísimo cruce formado a partir de conejos de la región centroeuropea, los obsequiaban los soldados licenciados a sus allegados como un presente exótico y apreciadísimo. Él mismo gustaba de salir con un saco al campo abierto del Ejido y recojer las frescas correhuelas de campanitas rosadas o blancas que se extendían espesas por doquier. Le agradaba arrancar las suaves hierbas reptadoras que tanto agradecían sus conejos belgas. Aprovechó para echarles un puñado de trigo, y una vez efectuado volvió al dormitorio con una sensación casi tangible de tranquilidad de conciencia. Aunque estuvieran destinados al sacrificio para enriquecer su dieta alimenticia, le angustiaba que mientras viviesen pasaran calamidades. Había aprendido de su padre en una tierra de matanzas arraigadas que todos los animales eran dignos de respeto y que nadie tenía derecho a hacerlos sufrir gratuitamente.
Se introdujo en la cama tras apagar el farolito. Había refrescado, y no tardó en caer en un profundo sueño.

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Los olvidados, 12q.

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