jueves, 13 de noviembre de 2008

(Testamento) Epílogo 2

Parecía que a medida que se acercaban a Castilleja el tiempo fluía en sentido contrario, haciéndoles volver a los días, meses y años pasados. El recuerdo era denso. La sombra del difunto Pedro Lopez de Pineda se materializaba en la entrada del callejón que les había visto salir una hora antes. Era su legado que habían asumido por su propia voluntad y que clamaba una solución a todo aquel penoso conflicto como con gritos de silencio. Bartolome dirigióse a don Salvador con una pregunta directa:
—¿Qué le parece?
Y el farmacéutico se le quedó mirando en blanco, con un rostro en interrogación.
—¿... qué...?
—Lo del rey —le recordó su representado.
Bartolome había heredado de su padre un sentimiento de respeto hacia la Corona tan agudo y persistente que lastraba su albedrío y su iniciativa personal. Era el estigma de un hombre que había vivido en primera persona la Guerra de Sucesión, y que tenía parámetros suficientes para valorar, por comparación, los cambios, los pros y contras de la circunstancia social. Fue especialmente durante su ejercicio de diputado de la Cofradía de la calle Real cuando se produjo la maduración de sus ideas respecto al gobierno, y cuando sacó las conclusiones que habrían de orientar su vida al respecto.

En la lucha contra el vergonzoso estatus surgido tras el Tratado de Utrecht era obvio que, desde Madrid, la política en clave religiosa jugaba un papel primordial. Al alinearse el país con Francia se impuso una descarada promoción de todo tipo de iconos sagrados con tradición en el catolicismo, los cuales sirvieron a los ostentadores del poder para reafirmar la conciencia de grupo y nación, para cegar por medio de sutiles maniobras psicosociales a las masas, y para definir el campo antagónico, en el que las diversas variaciones europeas del cristianismo (anglicanismo, luteranismo, calvinismo) habían florecido imparables y arrolladoras. Similarmente a lo acontecido con Santiago en tiempos de la Reconquista, la Inmaculada podía muy bien ser —especulaban los ingenieros sociales de la monarquía— la baza aglutinadora de las emociones peligrosamente descontroladas y sin objetivos concretos del pueblo hispano. De ahí que se intentara instaurar, con bases más auténticas y definidas que las huecas, verbeneras e irracionales que habían sustentado el dogma concepcionista hasta la fecha, como una bandera del mundo católico romano refrendada con el veredicto inapelable del Pontífice del Vaticano.
Ningún lugar mejor que la inculta, visceral y supersticiosa Andalucía para iniciar el experimento. Los Cabildos secular y eclesiástico de Sevilla se dirigieron en 1732 al aristócrata Lorenzo Corsini (Clemente XII) a través del abad de Vivanco, secretario del Real Patronato, rogándole que, como cabeza suprema de la Iglesia, se definiera acerca del misterio de la concepción sin mancha de la virgen Maria declarándolo artículo de fe, lo que hasta entonces desde Roma no se había hecho. Detrás de la petición, como su promotor, aparecía el paranoico rey de España Felipe de Borbón, pero nadie medianamente consciente del juego político pensaba que por sí solo, en las lamentables condiciones con las que su mente delirante trabajaba, fuese capaz de pergeñar semejante maniobra. Y se acertaba en adivinar, en las ocultas cámaras del Alcázar, a sus verdaderos artífices: el ministro Jose Patiño, la reina consorte Isabel de Farnesio, el embajador francés Brancas y su sucesor Rottembourg y el cardenal Borja, todos cinco con el ejército de consejeros, asesores y colaboradores del que se ayudaban. Todos cinco soñando con que, impresa por la autoridad del papa a quien le convenía como a ninguno una peníncula ibérica alienada y de súbditos aborregados tras un estandarte, la imagen vestida de blanco y celeste haría, como el apóstol matamoros en otro tiempo, encauzar las oscuras fuerzas primigenias y tribales que, como privilegiados por la fortuna que eran, tanto temían y odiaban.
—Tenemos todavía algunas cartas en la mano, amigo Bartolome. Vamos a agotar nuestras posibilidades, si te parece bien, antes de dar ese paso.
Y se despidieron en la puerta de la casa, estrechándose las manos. Tras la de al lado, entornada, Juana Mayor espiaba oculta a su hermano, intentando leer en su rostro rojo sus intenciones. 

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Los olvidados, 12q.

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